15 de mayo de 2009

El hormiguero no me produce ningún hormigueo.



Hace tiempo que quería hacer esta entrada, pero tengo que reconocer que no me ponía a ello por miedo: sí, miedo al que dirán... vamos si álguien dice algo después de leer este humilde blog, no porque lo que escriba no pueda generar opinión, más bien porque los que lo leen se pueden contar con los dedos de las manos de un manco. En fin, de todas maneras me gustaría dejar claro que mi crítica no va en contra del programa El Hormiguero, un más que correcto espacio de entretenimiento pero que cada vez más acusa el lastre de su presentador, Pablo Motos. Pues el miedo es que la legión de fans de Motos es eso, legión, pero cada vez más se escuchan las voces que dicen que el presentado de El Hormiguero se está pasando en cuanto al ego.

He de confesar que desde que conocí la existencia de Pablo Motos, su forma de comunicar no me atraía mucho. Ese primer encuentro se produjo con su programa de radio en M80 No Somos Nadie, el despertador radiofónico que la cadena musical puso en sustitución del excelso Gomaespuma (permitidme aquí un impás: Gomaespuma era un programa genial, que ayudaba a empezar el día con una sonrisa, lamentablemente, en su última etapa, más parecía un espacio de anuncios con pequeños cortes de humor; así no es de extrañar la migración hacia la Cadena 100 cuando la primera parte de La Jungla era dirigida por Alfonso Arús, padre del mejor programa de radio matinal de la radiodifusión patria, Arús con Leche). Entonces ya el estilo del programa me parecía aburridísimo, más que nada porque escuchada una hora del programa ya lo tenías escuchado todo, repetían los gags continuamente.


Entonces da el salto a la tele para presentar un espacio semanal en la nueva Cuatro, El Hormiguero. Un programa que ayudaba a llevar los domingos por la tarde en ese espacio de tiempo indeterminado entre la siesta y los partidos de La Liga. Los buenos resultados hicieron que de semanal pasase a de lunes a viernes en prime time de la noche. Y es ahí cuando el Motos muere de éxito y el ego del presentador se dispara: de un programa coral, con buenos colaboradores, pasamos a una especie de consagración a su figura. Tal afirmación no es baladí. Si algún futuro historiador estudiase su figura, podría marcar el nacimiento del super-ego con la portada de la tableta de chocolate en el Men's Health, abdominales que por lo menos una vez por semana se encarga de recordarnos. Desde entonces, todo lo que se hace en el programa tiene sólo un protagonista: Pablo Motos. Da igual a quién esté entrevistando, que él tiene que demostrar que cualquier cosa la hace mejor: si lleva a un músico sacará la guitarra y tocará, si es un humoristas él hará más gracia, lo que sea. A ver si invita a un grupo de economistas prestigiosos y demuestras que nos podría sacar de la crisis. Sumemos también que como entrevistador no destaca (buscar en el Youtube el día que tenía a Batista de la WWF o al gordo de Perdidos), eso sí, como masajeador está entre los alumnos más destacados de la escuela Buenafuente.


Yo por eso tengo mi elección clara, a esas horas ceno con El Intermedio de La Sexta, presentado por el Wyoming, otro ego importante, pero divierte mucho más que Pablo Motos, la diferencia entre hacer un programa para todos los públicos y otro al que le da igual quién lo esté viendo.

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