18 de marzo de 2008

Choniworld.

Hoy me he visto obligado a coger el metro. Lo que para la mayoría no es nada anormal, para mí es un suplicio. No es que sea claustrofóbico ni nada de eso, es que el suburbano no me gusta nada, prefiero ir en autobús aunque tarde el doble o el triple en llegar a mi destino. Pero este no es el tema de la entrada.


Durante el trayecto de vuelta, había sentadas tres chicas que mantenía una conversación que han decidido que debía ser conocida - que no compartida - por todos los demás que íbamos en el vagón. El volumen de su voz no era muy elevado, era exageradamente elevado y eso que la distancia entre ellas era cero. Al principio pensaba que el ejercicio de la lectura sería suficiente para aislarme de los berridos de nuestras amigas, pero al final tuve que recurrir al Mp3; y fue entonces, liberado mi sentido de la vista, cuando vi que las interfectas eran unas chonis. No, no voy a describir el concepto de choni porque estoy seguro que todo el mundo lo conoce de sobras.



En fin, allí estaban, con su uniforme reglamentario, donde no pueden faltar el peliteñido a medias - vamos, medio moreno natural medio rubio platino -, las botas de tacón altas - por encima del pantalón -, y los mil piercings repartidos por el careto originalmente maquillado. Sin embargo, este look no era el típico de "concentración tuning en el polígono industrial", era algo más arreglado, como cuando sale la Esteban al lado de AR (Ana Rosa, es que hay que decirlo todo). Resulta que las chonis venían de una formación para ser comercial de una empresa de créditos rápidos. Me alegra el corazón de pequeño burgués más pobre que una rata ver que hasta ellas quieren progresar en la vida, dejar el McDonalds o no esperar a quedarse preñada por el Jonha y encarar el futuro con espectativas laborales amplias.

Pero esta historia con argumento de telefilm no me interesaba mucho, así que subí el volumen de mi reproductor e intenté huir de allí mientras escuchaba la siguiente canción:




Sí, yo freak, pero ellas chonis.

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